Tras años de trabajo, finalmente cumplí mi sueño: un piso en el centro, modesto pero solo mío.
Pero la vida, caprichosa, me llevó por caminos inesperados y, al final, no me mudé.
¿Qué hacer entonces?
La opción más obvia parecía vender, pero quería obtener el mayor beneficio posible.
Un amigo me sugirió, medio en broma, venderlo «al estilo facha».
Al principio lo tomé como una broma, pero la idea me intrigó. Así que redacté el anuncio sin concesiones:
“¡Vendo piso! 100% propiedad privada.
El que lo quiera, que pague, y al contado. Si no te gusta… ya sabes qué hacer.”
La respuesta fue inmediata.
Las ofertas llegaron, pero también algunas preguntas raras sobre si en las paredes cabían banderas o si había espacio en la terraza para una estatua.
Las visitas confirmaron mis sospechas:
La gente con camisetas de «¡España Una y Grande!» llegaba entusiasmada, pero querían un «descuento patriótico». Según ellos, era solo lógico que un buen español no cobrara tanto a los suyos. Como si la patria pudiera pagar por ellos.
Finalmente, decidí retirar el anuncio y recuperar mi piso.
Pero cuando volví, era tarde. Un grupo de «inquilinos patriotas» ya había tomado posesión, autodenominándose defensores de mi propiedad ante “amenazas externas”.
Con un giro inesperado, comprendí que la propiedad privada puede dejar de serlo con ciertos “defensores” en la puerta. Ahora, ¿cómo recuperaría mi hogar?
Anda, dame un consejo.
Otro día hablaré de cómo hacerlo al estilo podemita.