“Juan Gayarre despliega una energía inusual en todos sus proyectos.
A veces trabajar con él es como exponerse a la fuerza de un temporal sin haber tenido antes la precaución de enfundarse un grueso jersey y un impermeable suficientemente hermético. El viento desbocado; las espesas cortinas de agua abatiéndose sobre uno desde algún lugar lejano allá arriba en el cielo; la oscuridad que lo enturbia todo y, sobre todo, el fragor sobrenatural de los rayos y los truenos anulando cualquier otra percepción sonora. En esas circunstancias todo parece reducirse a una opresiva sensación de desasosiego que va cediendo a medida que la tormenta pierde intensidad y recuperamos el control de nuestros sentidos.
Cuando el cielo recobra la calma y las olas del mar vuelven a ser mansos corderitos jugueteando en la lejanía azul
caemos en la cuenta de que la intensidad de Juan es casi una virtud antes que un defecto.
Cuando el sol brilla de nuevo y el viento alegra nuestros oídos con su suave rumor es cuando mejor se aprecian sus extraordinarias capacidades.”